jueves, 27 de octubre de 2011

Paso seis.

María camina y llega al altar. Tiene un mal presentimiento. Ella oye un zumbido de fondo. El sonido aumenta gradualmente, y de repente, en medio del pánico general, todo se sume en la oscuridad.  No se oye más ruido que ese zumbido infernal, esa melodía satánica que se filtra entre los ventanales. María mira a Sergio y luego al cura, parece que al pobre hombre le va a dar un ataque al corazón. De repente, las puertas de la iglesia se abren, salvajemente, rompen el zumbido. Entra un frío que cala en la sangre. María mira hacia la entrada y se ve cegada por una luz blanca muy intensa. Le queman los ojos y tiene que protegerse con las manos, todo alrededor quema como el fuego. Es la luz, ese rayo de Hades que abrasa lo que toca. María intenta vislumbrar algo, pero a su alrededor ya no hay nada. Sólo luz y fuego, el mal se encarna en la iglesia y nadie puede remediarlo. Y María se quema lenta, lentamente.

***

María se despierta y mira alrededor. No puede mover el cuerpo, sólo la cabeza, y con dificultad. El ambiente es increíblemente húmedo, respirar es tan difícil… está sudando a mares. Oye una voz que habla en su cabeza, aunque no puede entender nada. Es el zumbido otra vez, pero más nítido. Un hilo zumbante en su cerebro. María tiene el cuerpo dolorido, los ojos lo que más. Y ve como se acerca alguien hacia ella, alguien que está difuminado en su visión y lleva algo brillante en la mano. Ella siente una punzada en el costado. La sangre caliente resbala por su piel, espesa y chorreante. A María le escuecen los ojos, será de llorar. Sobre su cuerpo se operará una carnicería, pero ni siquiera puede mover la boca para quejarse. 
Sólo puede llorar... y sentir un profundísimo dolor. 

lunes, 24 de octubre de 2011

Paso cinco.


...la marcha nupcial de fondo hacía que su corazón latiera cada vez más rápido, o más lento... ¡qué cojones! ¡Tenía unas arritmias de la hostia! Nada le daba más asco que escuchar esa musiquita de psicópata en prácticas mientras contemplaba a lo lejos la sonrisa falsa y plastificada de su futuro marido, el don perfecto chupaculos. ¿Quién coño era él para prohibirle poner un coro de flamenco fusión reggaeton el día de su boda? Bueno, eso ya daba igual puesto que María lo tenía todo planeado al detalle: cinco pasos cortos del brazo de su padre, parar, observar y actuar.

Quería que todo saliera perfecto, así que cumplió su guión a rajatabla y agarró fuerte a su padre. Firme y con la cabeza bien alta, cruzó la puerta de la maldita iglesia de su pueblo de garrulos, dio cinco pasos cortos, paró y observó a todo el personal clavando sus sucias miradas en ella. Qué glamurosos estaban todos tan paraditos y sonrientes, tan tiernos y tan mal vestidos… que merecían ser castigados inmediatamente por la diosa de la moda.
Su suegra con el tocado más horroroso del planeta, su suegro con un traje de color marfil-gitano, su cuñado con una camisa abortiva de estampados salvajes... Había tanta mezcla de colores mal combinados, que María fue poseída por una fuerza sobrenatural que hizo que sus faldas se levantaran al vuelo y dejaran al descubierto sus múltiples ligueros blancos de encaje, y María sacó de sus bragas una gran ametralladora polivalente. Automáticamente la iglesia y todos sus personajillos despertaron y se convirtieron en diminutos seres desesperados buscando una posible salida, aunque en el fondo todos sabían que solo encontrarían una. La muerte.
María, con su poderosa arma, empezó a disparar a diestro y siniestro, a lo que se movía y a lo que no también, ¡qué gustazo le producía ver como empezaban a brotar todos esos ríos de sangre color carmesí por el suelo encerado y reluciente de la capilla roñosa! Le encantaba la tonalidad negruzca de la sangre recién exprimida y el olorcito a fresquío absoluto…

¡MORIIIIIIIIID!

Gritaba María mientras sonaban de fondo esos dulces violines celestiales…

Una vez acabada la munición y cuando dejaron de oírse todas las voces y respiraciones de los cuerpos moribundos, María se acercó lentamente al cadáver de Sergio, le acarició la cabeza suavemente y le dijo al oído: “querido, no podrías haber elegido mejor... ¡la marcha nupcial de Wagner ha quedado de puta madre!”.

Escrito por Carla Martí para París es una fiesta.
Su blog es:
http://jamasbebovino.blogspot.com/

domingo, 16 de octubre de 2011

Paso cuatro.

María empezó a andar hacia el altar sonriendo a los dos lados y procurando no tropezar con los niños (monísimos, ¿eh?) que tiene delante. Cuando llegó, habiendo subido todos los escalones y habiéndose resbalado en el último (que también es mala suerte), oyó el discurso del cura, que pronto los pronunciaría marido y mujer. Llegado el momento, miró a Sergio y se pusieron uno enfrente al otro (María pensó para sí que Sergio era tan gay que aquella boda era casi ridícula, pero visto lo visto, más valía casarse). Dirigió una mirada a sus padres, buscando algo de tranquilidad y normalidad, pero su madre estaba llorando tanto que le había cogido hipo, y muy fuerte además. Mientras María pronunciaba sus votos (“yo, María, te tomo a ti, Sergio, como mi esposo…”) se oía a su madre hipar más y más. ¡Vaya manera de arruinar el momento! De repente, el hipo cesó y sonó un fuerte batacazo. Era la madre de María, ¡se había desmayado! 
María bajó corriendo y comprobó si su madre respiraba, pero vio que no, que su madre estaba blanca como el papel y no salía aire de su cuerpo cada vez más frío. ¡Dios mío! ¡Su madre había muerto! ¡¿Cómo puede alguien morirse en una boda?! ¡Por Dios! ¡¡Por Dios!! María empezó a llorar y buscó consuelo en Sergio, pero éste, ante lo absurdo de una situación como aquella, empezó a descojonarse, literalmente. ¡Se reía como una hiena, el tío! ¡Su madre se muere y él se partía el culo enfrente de Dios! Aquello era horrible. Su padre no dejaba de llorar, ella no sabía qué hacer, y su casi marido se reía tanto que lloraba y todo. María, con los ojos rojos y el maquillaje (tan caro) corrido por toda la cara, llamó a una ambulancia y le pidió a los invitados que salieran de la iglesia, que despejaran la entrada y esperaran noticias. Cuando llegó la ambulancia, los paramédicos la informaron de que, efectivamente, su madre había muerto, que en un ataque de hipo eso podía pasar, aunque no fuera para nada frecuente.
Y toda la iglesia tan preciosa, tan arreglada, y el vestido, y el maquillaje, y los invitados, y su madre muerta. Y su hermana sin aparecer.
María fue hacia el altar y, mientras Sergio tenía problemas para respirar con normalidad después del ataque de risa, ella muy serena le dijo al cura que los casase. ‘¡Pero hija! ¡Con lo que está pasando!’. Y le dijo al padre que menos lobos caperucita, que si su madre estaba realmente en el reino de los cielos, entonces estaría mejor que ella en aquel momento. Y que cuando uno envidiaba a los muertos, es porque muy bien no estaba. Y María no estaba nada bien, y si dejaba pasar ese día ya no se casaría, así que si Dios se dignaba (porque es que con lo ocupado que estaba matando madres), sería un placer que bendijera su matrimonio y adiós, muy buenas.
María se casó, con el sonido de las sirenas, la risa de su marido y los llantos de su padre, sus ojos rojísimos y un perro muy mono que, al oler el cuerpo de su madre, se había acercado a ver si pillaba algo.
Y... bueno, vivieron felices y comieron perdices.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Anexo al paso tres: Clara.

[Aquella mañana Clara se había levantado con dificultad de la cama, como todas las mañanas desde que tenía memoria. Tenía una enfermedad rara de los huesos, le dolían mucho y se le rompían con facilidad. Además solía tener migrañas muy fuertes que la dejaban días enteros en cama. Ese día sin embargo no había migraña. Sólo dolor en todo el cuerpo. Tenía escalofríos constantemente. Aquello era normal. Clara se vistió y fue a maquillarse un poco. Aunque no fuera a ir a la boda de su hermana, quería verse bien. María se casaba en unas horas con un hombre al que ella detestaba. Su hermana pensaba que ella mentía cuando decía que Sergio había intentado violarla, que se lo inventaba para llamar su atención. Pero ella no mentía.

Paso tres.

María quiso mirarse una última vez al espejo antes de empezar a andar. Contempló su imagen unos minutos, y se vio tan horrible. Ella siempre había querido casarse en la intimidad, con un traje de chaqueta blanco más bien sencillo, y verse en el espejo embutida en aquella cárcel de carne que era su vestido era terrible. 
En aquel momento empezó a sonar el móvil de uno de los invitados. No le hubiera dado más importancia si no hubiera sonado insistentemente una y otra vez. El hombre del teléfono se levantó y se apartó del resto de invitados para contestar a esa llamada urgentísima que parecía no poder esperar. Mientras hablaba, el hombre en cuestión fue palideciendo y al final colgó. María estaba intrigada, ¿habría muerto alguien? Él se acercó a uno de los padrinos y le dijo al oído algo que no pudo oír. Éste a su vez le dijo algo a Sergio. Y Sergio me miró. Blanco como la leche, se acercó a mí andando rápido y me llevó aparte. 
‘¿Sabes ese gran centro comercial que han abierto en Barcelona? ¿Ese que queda cerca de casa de tu hermana?‘. María lo conocía. Siempre que pasaba por ahí se acordaba de Clara, y eso la entristecía. ‘Han alertado a la policía. Yo… no sé cómo decirte esto, María. Ha habido un tiroteo en una de las tiendas. Tu hermana estaba allí… tu hermana ha muerto’.

Tu hermana ha muerto.
Tu hermana ha muerto.
Tu hermana ha muerto.

domingo, 9 de octubre de 2011

Paso dos.

<<... y la música inundaba por fin sus oídos. ¿Cómo había podido dudar? Eso era lo que quería. Miró al frente y empezó a andar, con los niños a pocos metros delante suyo. A su alrededor la gente se asombraba de lo preciosa que estaba ella, de lo ricos que estaban los niños, de lo joven que se veía a su padre... Era un momento feliz. Llegó al altar y, antes de subir, dirigió una última mirada a su padre. Su padre asintió, como aprobando lo que estaba a punto de pasar, y se sentaron todos.
Sergio y María miraban al padre Felipe mientras iniciaba su discurso. 'El amor es la prueba más evidente de que Dios existe', dijo. 'Cuando llego aquí cada domingo por la tarde, y veo a una nueva pareja, que se ama y se respeta con tanta profundidad; mi corazón se detiene, observa lo que pasa y da gracias a Dios por este maravilloso milagro que es el amor'.
Vaya, el padre Felipe empezaba fuerte. Ella hubiera preferido un discurso más austero para la ceremonia, pero aquel cura de treinta y dos años, alto y rubio, parecía haber nacido para improvisar discursos lacrimosos en cada boda, bautizo o entierro. María pensaba que podría haberse dedicado a la política, o al teatro, o a la literatura. Ella no sabía bien si creía en aquel amor tan profundo del que hablaba el padre, al menos ella no lo había sentido nunca. Su amor por Sergio era algo mucho más banal, y se podría decir que se casaba con él porque era lo que tocaba en aquel momento. Aun así, Sergio era una buena persona. Se ocupaba de las cosas de la casa y la dejaba tranquila siempre que ella lo necesitaba. Pero también era muy obsesivo, cuando quería algo lo conseguía. Cuando le pidió que se casara con él, parecía tan decidido que le dio un poco de miedo decir que no. Allí mismo, en el altar, todavía se preguntaba qué hubiera hecho si María hubiera dicho 'no'. En fin, eso nunca lo sabría. Había dicho 'sí' desde el primer momento. María no era tonta, y podía ver sin ayuda de nadie que Sergio era un buen partido. Convencida de que no encontraría nada mejor, dijo que sí y allí estaban.
El discurso del cura proseguía su camino y la mitad de los invitados ya estaban llorando a moco tendido. Cuando se dio cuenta, el cura ya pronunciaba las palabras finales de su discurso: 'Que los novios se levanten, por favor'. Se levantaron. 'Vamos a proceder. María, ¿tomas a Sergio como tu esposo y prometes amarlo y respetarlo, protegerlo ante todo y dedicarte sólo a él, todos los días de tu vida?', y ella dijo 'sí'. Lo mismo para él, y luego fue el beso. La gente lloraba y aplaudía, y María se preguntaba a qué venía todo aquello, si en tres años de relación nadie les había aplaudido ni una sola vez. Salieron de la iglesia atravesando un mar de pétalos y arroz, se subieron al coche y pusieron rumbo al restaurante.
En el coche, Sergio cogió el móvil y se excusó porque tenía que hacer una llamada muy importante. Esto fue lo que oyó María: 'Sí, sí. Ya está. Sí, gracias. Sí, sí, pásamelo. Hola abuelo, acabo de salir de la iglesia. Sí. Tranquilo, no pasa nada, hay muchas fotos. Sí. Sí, ponme con Jaime un momento. Cuídate. Jaime, ya puedes ponerlo a mi nombre. Sí, gracias. Nos vemos'. María se preguntaba por qué llamaba con tanta urgencia a su abuelo, que estaba enfermo y vivía fuera del país. No es que tuvieran mucha relación. ¿Y qué sería eso de 'ponerlo a su nombre'? Preguntó. 'Son unas propiedades de mi abuelo. No sabemos cuánto le queda, y como mi padre no vive, yo soy el heredero directo'. ¿Cómo? ¿El heredero directo? No entendía nada. Y fuera lo que fuera, ¿era tan importante que debía hacerlo el día de su boda? 'Déjalo Mari, ahora ya está. Como nos hemos casado, tengo acceso al patrimonio de mi abuelo y lo he puesto a mi nombre, para evitar complicaciones si muriera'. No estaba segura de lo que estaba diciendo, pero le parecía intuir que Sergio estaba haciendo una importante revelación: ¿no tendría acceso al patrimonio si no estuviera casado? 'Exacto. Pero ahora ya está nena, no lo pienses más y disfruta del día'. María estuvo el resto del trayecto callada, pensando. 
Llegaron al restaurante y comieron, bebieron y bailaron. Cuando la noche estaba a punto de terminar, fue a un sitio tranquilo y le preguntó a Sergio: '¿Te has casado conmigo para poder poner las riquezas de tu abuelo a tu nombre?'. Obviamente, la respuesta fue que sí. Que más o menos, porque él la quería, y él quería lo mejor para ella, y lo mejor para ella es que él lo heredara todo. María entendió por fin todo. Le entendió a él, entendió sus llamadas, entendió su rapidez para casarse, entendió todo.
Acabó de disfrutar de la fiesta y luego se marchó al hotel, donde descansó como nunca en una habitación carísima junto a su ya riquísimo marido, y pensó: 'creo que me podré acostumbrar'.   

sábado, 8 de octubre de 2011

Paso uno.

<<... y su madre no se callaba de ninguna manera. De repente, supo lo que tenía que hacer: se dirigió hacia el altar con paso firme, sonriendo pero concentrada. Cuando llegó, miró a Sergio a los ojos y le entró un pánico terrible. ¿Realmente quería hacerlo? ¿El día de su boda?
Sí. Y no había otra respuesta más que sí.
Hace ya dos años, cuando se conocieron, Sergio le había parecido un hombre encantador. Tenía su propia empresa (en la que, por cierto, el padre de María trabajaba) y era increíblemente guapo. Le traía flores al trabajo, la invitaba a cenar por ahí, le escribía notas que pasaba por debajo de su puerta...
Pero aquello duró muy poco. Cuando llevaban poco más de seis meses saliendo, Sergio empezó a contarle la verdad: él tenía en realidad otras inclinaciones, pero sólo heredaría la fortuna de su familia si se casaba con una mujer. Por algún motivo, ella le había gustado, y viéndose falto de tiempo para encontrar a una mujer que le amara, decidió pedir a María que se casase con él. A María le dolió mucho saber que todo lo que había vivido era una mentira, y rechazó su proposición. Pero Sergio tenía las ideas claras: la amenazó con despedir a su padre de la empresa en que ambos trabajaban si no accedía. La hermana pequeña de María, Clara, estaba enferma desde hacía años, y el único motivo de que siguiera con vida aún era que su padre pagaba tratamientos carísimos que costaban el sueldo íntegro que cobraba. Ella sabía que en ninguna otra empresa cobraría su padre lo mismo que cobraba en la de Sergio. Sin embargo, ella no dio su brazo a torcer fácilmente: María había sido perseguida, chantajeada y amenazada de muchas otras maneras antes de acceder a dar el 'sí, quiero' con aquel enfermo, desesperado por heredar la fortuna familiar. 
Era el día de su boda, estaba en un callejón sin salida y se sentía muy asustada. Ahora no podía echarse atrás. Sabía que nadie lo entendería, pero no había otra opción. No podía huir, porque su familia pagaría las consecuencias. No podía suicidarse, porque ella quería vivir. Y no podía quedarse, porque eso sería igual que morir. En su interior, sabía que lo que hacía era lo correcto. Al menos, lo único que podía hacer. 
Metió la mano en el ramo. Lentamente. Estaba sudando de los nervios. Miró a Jesús, le pidió perdón, y levantó el revólver. Le temblaban las manos pero aun así apuntó hacia Sergio y...
¡BANG!
Ya había disparado. Sergio cayó al suelo en un golpe seco y se oyeron gritos en la iglesia. La gente de las primeras filas se desmayaba y la sangre chorreaba por el suelo... Toda aquella sangre la perseguiría durante mucho tiempo. María se recogió el vestido y empezó a correr. El taxi la esperaba fuera, se subió y mandó al taxista llevarla lo más rápido posible al aeropuerto. Una vez allí, cogió un vuelo hacia Estados Unidos, y desapareció. >>

viernes, 7 de octubre de 2011

Los doce pasos.

Hoy me apetece jugar a un juego. Es un juego literario, que tiene como objetivo escribir doce posibles finales para un inicio de escena concreto. Iré publicando un final cada día, y podréis ir comentando si os gusta uno más que otro o si añadiríais algo. Una vez hayáis leído los doce finales podréis decidir cuál es mejor para la protagonista. La escena es la siguiente:

<<Después de todo lo ocurrido, por fin había llegado el día. María iba a dar el ‘sí, quiero’ en la iglesia de su pueblo natal. Toda su familia estaba allí. Se miró al espejo: era raro verse vestida toda de blanco, con la larga cola asomando por detrás. Los niños no se estaban quietos, tenían ganas de recorrer ya el camino hacia el altar, regando de pétalos el suelo y dejando que los adultos de la fiesta disfrutaran de ‘lo ricos que eran’. Era un momento tenso. La puerta todavía no se había abierto, su madre le arreglaba el pelo mientras le daba consejos que la ponían todavía más nerviosa: ‘tú ve recta hacia el altar, no mires a los lados no vaya a ser que tropieces, y mantente erguida, que pareces un camello, y sonríe, hija mía, que hoy te casas y nadie lo diría, y ¿has visto a Sergio lo guapo que está?, mira hija que todavía no sé qué vio en ti, mi pobre niña, pero hoy es tu día, venga, venga, que ya suena la música, ¡uy qué nervios!’. Así era, la música ya sonaba. Se había peleado mucho con Sergio para que en la entrada sonara una música diferente, algo más moderna, incluso algo ‘a capella’; pero a Sergio le iba lo tradicional. Tenía que ser la marcha nupcial o nada. Se estaba poniendo nerviosa, la puerta empezaba a abrirse… >>


Y hasta aquí puedo leer. ¿Sugerís algún desenlace para la escena? ¿Alguna expectativa? Esta noche publicaré la primera versión de la historia, a ver qué os parece.

Hasta entonces, amor para todas y todos, que es gratis. 

miércoles, 5 de octubre de 2011

La importancia de tener un nombre.


Hoy ha sido uno de esos días raros en los que uno de dedica casi exclusivamente a pensar. Y mis pensamientos se han centrado en un tema que me parece, como mínimo, curioso. ¿Es realmente importante tener nombre? ¿Un nombre nos define? ¿Nos da carácter? ¿Nos traumatiza? ¿Nos hace ser lo que somos?

A lo largo de la historia muchos ‘eruditos’ se han peleado por ponerle nombre a las cosas. A las estrellas, a los períodos históricos, a las calles de su ciudad… Entonces deduzco que el nombre es importante. Muchos padres se pelean por poner un nombre a sus hijos. Creo que la importancia de tener nombre tiene que ver con esa obsesión humana de etiquetarlo todo, de clasificarlo y meterlo en cajitas de distintos colores para no confundirse. Tenemos especies, subespecies, razas, variantes, tipos, clases… Del descubrimiento de una cosa a su nombramiento y posterior clasificación no deben pasar ni dos días.

Ya es seguro: el nombre es importante. Pero, ¿hasta qué punto nuestra realidad se define a través de los nombres? ¿La mesa es mesa porque la llamo ‘mesa’? ¿O sería lo mismo si la llamara ‘silla’? Creo que somos nominalistas extremos. Parecemos depender del hecho de que las cosas se llamen de alguna manera, y no llegamos a comprender que algo no tenga nombre. Cuando Javier Bardem y Penélope Cruz tardaron unas semanas en decidir el nombre de su hijo ya nacido parecía que fuera a haber una crisis de tamaños considerables. Internet, revistas, periodicuchos e incluso el telenoticias se inundó de la duda que más preocupaba a españoles de todo el mundo: ¿CÓMO SE LLAMARÁ EL HIJO DE LA PE Y EL BARDEM? Y esto prueba mi teoría: el hijo de Pe y Bardem será quien será en tanto que tenga un nombre que lo defina. Y si no lo tiene… Entonces tiene un problema.

No obstante, la realidad parece formarse ajena a nuestros nombres y etiquetas. Me explico: creo que la realidad se forma (o la forman, si nos ponemos paranoides) y entonces va el ser humano y, para entenderla, le pone un nombre. Es irrefutable pues que la realidad necesita nombres, ya que sin ellos el humano no puede ni siquiera concebirla. Pongo un ejemplo: el gato como tal existe desde que alguien dijo ‘esto se llamará ‘gato’’, pero existe como ente desde que fue creado. ¡Pero incluso ‘ente’ es un nombre! Entonces, ¿con qué nos quedamos? ¿Cómo escapar a una realidad de infinitos nombres?
Mi intención no es torturar a nadie con estas disquisiciones que, además, siempre le dejan a uno en el mismo punto de partida. Es sólo que pienso que los nombres son imprescindibles para el hombre, ya que el hombre se diferencia a sí mismo gracias a un nombre (¡qué poético ha quedado!). Supongo que uno, aunque no quiera, tiene que acabar siempre reconociendo… 
la importancia de tener un nombre.

Bendito Oscar, siempre das con la frase adecuada.


Amor para todas y todos, que es gratis. 

martes, 4 de octubre de 2011

Reflexiones extrañas sobre el hombre.

Hoy he oído la historia de un millonario. Era un tío rico, rico, rico, y obsesionado con su riqueza. Un partidazo, vamos. Estuvo casado muchos años con la misma mujer, hasta que un día ella se cansó y le pidió el divorcio. Todo hubiera ido sobre ruedas sino hubiera sido porque ella pedía parte de la fortuna de su ‘millonarísimo’ marido. Al hombre en cuestión de poco le da algo. Resulta que era el hombre más avaro de la tierra, y no quería darle ni un céntimo a su mujer, después de que ella le hubiera entregado los mejores años de su vida, interminables mañanas de café y tostadas preparadas, de criar a sus hijos, de dejar de trabajar para hacerse cargo de la limpieza y conservación de su gran mansión… Pues él no quería darle ni 20 euros para un taxi. Fueron a juicio y previendo que podría perder, el galán pensó que mejor matarla que darle algo de su amadísimo dinero. Afortunadamente, no lo consiguió. Millonetis fue detenido y condenado a casi 25 años de cárcel por intentar cargarse a su esposa.

Mi pregunta es: ¿qué coño le pasaba a este tío por la cabeza? ¿Qué lleva a una persona a trastocarse tanto y a decidir matar al que en un día fue el amor de su vida? ¡Y por dinero! Esta clase de cosas me hacen reflexionar mucho. Esto puede pasarle a cualquiera, ¿no? ¿Cómo sabes que la persona con la que estás ahora no te odiará tanto en el futuro que querrá matarte? ¿Cómo pueden darse estos cambios tan profundos en el interior de una persona? ¿POR QUÉ SOMOS TAN RAROS?

Que yo sepa, esto no pasa en la mayoría de especies. Y digo en la mayoría porque hay algunas en las que los progenitores se comen a sus hijos, no digo más. Sin embargo, no es lo común. El ser humano no tiene en su comportamiento predeterminado el ansia de matar a su pareja, ni a sus hijos, ni a sus compañeros. Nada de nada. Entonces, ¿qué pasa con nosotros? ¿Somos el animal estropeado de la naturaleza? ¿Somos un defecto, una imperfección? Todo esto me trae de cabeza. No sólo por el caso este, obviamente, sino por la de gente que día a día oye, como yo, de otra gente que ha matado a sangre fría a sus seres queridos. ¡Qué miedo! Aunque obviamente no voy a pasar toda la vida con miedo por ‘lo que pueda pasar’. Pero me pregunto si Dios, o quien quiera que tuviera el boceto original del humano (si es que alguien lo tuvo), quería que esto fuera así. Que fuéramos el animal enfermo, que sufriéramos por amor, por la familia, por el dinero, que nos obsesionáramos, que nos apasionáramos, ¡que nos enajenáramos! Puede que quien fuera concentrara toda la pasión del universo en nosotros y por eso de vez en cuando a uno se le escapa la pasión y hace cosas extrañas. Como amar, odiar, matar. ¡Qué extraño es todo eso! Porque lo es. Es realmente extraño.

En fin, como decían los romanos, ¡que la tierra os sea leve!

Amor para todas y todos, que es gratis. 

lunes, 3 de octubre de 2011

Pues sí, París es una fiesta.

Y a esto viene el blog, la melancolía y la verborrea.
Y es que, por si lo habíais olvidado, París siempre fue una fiesta, como decía Hemingway. París no es más que nuestras ganas de vivir, de hacer y decir y pensar y sentirnos vivos en un mundo que, cada día más, está muerto.
Pues me dije, vamos a darle vidilla. Si se me permite la expresión.
Y no sé qué se supone que se debe escribir en un blog, no sé si se debe hablar de experiencias vitales, de viajes, de cafés y bebidas varias, de dolor y tristeza, de mi pobre, pobre corazón... No sé, de verdad. Esto tiene que ser redentor, me digo. Me tiene que servir de algo, me digo. Y al final no sé si servirá de algo pero allá voy. Que llevo mucho tiempo queriendo escribir, ¡leñe! Ya me vale. Tantos pensamientos condensados en mi cabezota no puede ser bueno, que yo creo que interfiero el ''wifi'' de mi casa y el de todo el edificio con mis pensamientos flotando sobre mí día tras día tras día.... Vaya nubarrón.
El nombre del blog es este porque tenía que ser uno. Y punto. Además Hemingway es muy grande (pero mucho, ¿eh?). Y París es muy grande. Y las fiestas también son muy grandes. Y digo yo, ¡qué titulo tan grande!

Y eso, que me dije: voy a hacer algo con mi vida, ¿no?
A ello voy, a ello voy.

Calma. Que esto sólo acaba de empezar.

Amor para todas y todos, que es gratis.