domingo, 16 de octubre de 2011

Paso cuatro.

María empezó a andar hacia el altar sonriendo a los dos lados y procurando no tropezar con los niños (monísimos, ¿eh?) que tiene delante. Cuando llegó, habiendo subido todos los escalones y habiéndose resbalado en el último (que también es mala suerte), oyó el discurso del cura, que pronto los pronunciaría marido y mujer. Llegado el momento, miró a Sergio y se pusieron uno enfrente al otro (María pensó para sí que Sergio era tan gay que aquella boda era casi ridícula, pero visto lo visto, más valía casarse). Dirigió una mirada a sus padres, buscando algo de tranquilidad y normalidad, pero su madre estaba llorando tanto que le había cogido hipo, y muy fuerte además. Mientras María pronunciaba sus votos (“yo, María, te tomo a ti, Sergio, como mi esposo…”) se oía a su madre hipar más y más. ¡Vaya manera de arruinar el momento! De repente, el hipo cesó y sonó un fuerte batacazo. Era la madre de María, ¡se había desmayado! 
María bajó corriendo y comprobó si su madre respiraba, pero vio que no, que su madre estaba blanca como el papel y no salía aire de su cuerpo cada vez más frío. ¡Dios mío! ¡Su madre había muerto! ¡¿Cómo puede alguien morirse en una boda?! ¡Por Dios! ¡¡Por Dios!! María empezó a llorar y buscó consuelo en Sergio, pero éste, ante lo absurdo de una situación como aquella, empezó a descojonarse, literalmente. ¡Se reía como una hiena, el tío! ¡Su madre se muere y él se partía el culo enfrente de Dios! Aquello era horrible. Su padre no dejaba de llorar, ella no sabía qué hacer, y su casi marido se reía tanto que lloraba y todo. María, con los ojos rojos y el maquillaje (tan caro) corrido por toda la cara, llamó a una ambulancia y le pidió a los invitados que salieran de la iglesia, que despejaran la entrada y esperaran noticias. Cuando llegó la ambulancia, los paramédicos la informaron de que, efectivamente, su madre había muerto, que en un ataque de hipo eso podía pasar, aunque no fuera para nada frecuente.
Y toda la iglesia tan preciosa, tan arreglada, y el vestido, y el maquillaje, y los invitados, y su madre muerta. Y su hermana sin aparecer.
María fue hacia el altar y, mientras Sergio tenía problemas para respirar con normalidad después del ataque de risa, ella muy serena le dijo al cura que los casase. ‘¡Pero hija! ¡Con lo que está pasando!’. Y le dijo al padre que menos lobos caperucita, que si su madre estaba realmente en el reino de los cielos, entonces estaría mejor que ella en aquel momento. Y que cuando uno envidiaba a los muertos, es porque muy bien no estaba. Y María no estaba nada bien, y si dejaba pasar ese día ya no se casaría, así que si Dios se dignaba (porque es que con lo ocupado que estaba matando madres), sería un placer que bendijera su matrimonio y adiós, muy buenas.
María se casó, con el sonido de las sirenas, la risa de su marido y los llantos de su padre, sus ojos rojísimos y un perro muy mono que, al oler el cuerpo de su madre, se había acercado a ver si pillaba algo.
Y... bueno, vivieron felices y comieron perdices.

2 comentarios:

  1. Me encanta la actuación del perraco oledor!!!! deberías escribir un anexo sobre su vida de perro de desguace xDDDDDDDDD me gusta, cuanto más macabro mejoooooooor

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  2. jajajaja aquest cop estan tots bojos a matar! Quines ganes de llegir el proper!!! :)

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