sábado, 20 de octubre de 2012

Hierro ardiente


Se levantaron las cortinas. Todos los focos la iluminaban, la deslumbraban. Esperaban algo de ella, quizás un monólogo, una explicación, una canción, una súplica. Sin embargo, no sabían que no tenía voz. No estaba nerviosa, no tenía miedo, no era orgullo ni frustración. Es que no tenía voz. Pero nadie entendía las señas. De pronto todo empezó a arder. El escenario se levantaba como mil demonios, querían su lugar, el que les correspondía. Ella no tenía voz pero tenía agallas, y no le importaba quemarse a la vista de todos los espectadores, jueces, idiotas en general. Era puro espectáculo. Era su alma haciendo su mejor papel. Quería quemarse entera hasta que no quedara nada más que un aplauso para siempre, en su memoria, en la memoria de todos, demonios, hombres, Dios. No era injusto, al contrario de lo que muchos pensaron al oír la historia. Era su decisión. Ella decidía darse el gusto de su vida muriéndose allí, pesando en la conciencia de todos, volando libre en las llamas que parecían devorar el cielo con su incesante furia, su grito histriónico, su agonía sofocante. No le importaba nada porque no tenía miedo, y si no tienes miedo nada te frena. De vivir, de morir, de decidir. 


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