martes, 6 de noviembre de 2012

¿No es verdad...?


Dejad que hoy me vuelva un poco, sólo un poco, romántica. Pienso que el amor es ideal, es siempre inalcanzable, es siempre dolor (placer al fin y al cabo), en un momento u otro. El amor tiene un punto de falso. El amor a veces son versos que hacemos rimar un poco a la fuerza. Pero, ¿y qué? ¿Acaso yo preferiría vivir sin conocer el amor (el Amor), aunque tan sólo lo conozca a través de mis queridos libros? El amor más grande, más perfecto, más irreal lo he leído, pero no por eso ha sido menos. Los grandes amores de la literatura los he vivido yo también, me he enamorado con tantos y de tantos, y los recuerdo todos tan bien. Cada uno es único y especial, sea despechado, violento, pasional, dulce, romanticón, cursi incluso. He tenido un momento para cada uno de ellos y todos me han hecho caer irremediablemente a los pies de cualquier personaje dispuesto a amar. ¡Dispuesto a amar! Es tan difícil decir esto. Tan duro. Dispuesto a amar… y dispuesto a que le amen, y a soportar la fatiga del amor, que es como una daga incansable que nunca deja de hundirse un poco más. Sin embargo, me siento en un momento de aceptación de la realidad tal y como es, la realidad del amor. Ya no me aflijo al saber que Don Juan no vivirá, ni lo hará Doña Inés, porque puedo decir que tengo edad para aceptar que eso es lo que debe pasar. Es un amor ficticio, que no puede sobrevivir a la última página del libro porque entonces buscaría su camino en la Tierra, y cualquier autor con dos dedos de frente sabe que eso no puede ocurrir. Ha de matar al amor en la última página sólo para encerrarlo, inmortalizarlo para siempre, abstraerlo y expandirlo sin miedo en una narrativa inventada que sirva como excusa, como tapadera, para el crimen del Amor. 

JUAN: ¿Y ese reloj?
ESTATUA: Es la medida 
                   de tu tiempo.
JUAN: ¡Expira ya!
ESTATUA: Sí; en cada grano se va
                   un instante de tu vida.
JUAN: ¿Y ésos me quedan no más?
ESTATUA: Sí. 
(Don Juan Tenorio, vs. 3692-3696)

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