domingo, 11 de noviembre de 2012

Silencio inalienable


Cuántas veces se habrá acercado al fuego buscando de sofocante calor, sólo por sentirse amada, abrasada, caliente en todo su ser. Él llega a casa cuando ella ya se ha acostado, se desliza entre las sábanas, se coloca muy cerca, muy cerca de su cuerpo. Todavía es pronto, todavía podría despertarla y hacerle brutalmente el amor, lamer su sexo desnudo hasta que se encharquen las sábanas, suplicar que le deje penetrarla. Podría entonces embestirla como le gusta, oírla gemir, juntar sus manos sudadas, lamer su espalda, desearla toda. Podría besarla por todo su cuerpo, su fuego. Podría acariciarla infinitamente, y la desea y la ama tanto como para hacerlo. Sin embargo, sabe que mañana será un día largo para ella y opta por dejarla dormir. Ella suspira, largamente, amargamente. Una lágrima resbala por su mejilla, aún caliente por el deseo. Se tapa un poco más con la sábana, se aparta. Intenta decir algo pero se le mueren las palabras antes de poder hablar. Mañana será un día largo y debe descansar.
Al día siguiente ella se levanta, se lava la cara. Desayuna, se viste. Friega los platos y deja un poco de café hecho para él. Prepara lo que necesita para ir al trabajo. Va a cruzar ya la puerta y entonces se ven. Pero tienen mucha prisa como para hablar. Cierra con un portazo y no vuelve hasta tarde, y él hasta tan tarde que ella estará dormida de nuevo.

“Terrasses. Banys de color rosa. Cuines blanques.
‹‹El piso de ensueño que merecen ella y usted››.”



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