jueves, 13 de junio de 2013

La escalera

Él no sabía cómo había pasado. Un día mientras andaba, miraba a la gente, escuchaba música. Iba a comprar algo para picar, era por la tarde y hacía calor. Se desvió del camino habitual buscando algo de sombra, quizás una ráfaga de aire. Pronto y casi sin darse cuenta estaba lejos del centro, se había separado de las calles abultadas de gente y ahora vagaba solo. No había conseguido sombra, es más, el sol se clavaba en su nuca con más fuerza que antes. Miró hacia arriba, pero no distinguía nada entre tanta luz. Le parecía que había algo sospechoso. ¿El qué? Necesitaba verlo más de cerca, desde ahí, en medio de la nada, era difícil. Se giró y vio que había un edificio bastante alto cerca de allí. Corrió, como si le fuera la vida en ello, corrió y entró. Subió por las escaleras jadeando. Su reflejo. Su cara. Siguió subiendo hasta que llegó al último piso. Se acercó a la puerta que daba al exterior. Su reflejo. Atravesó la puerta, el calor le golpeó de nuevo. Miró hacia arriba. Sí, era su reflejo. ¡Su reflejo! ¡Su cara! Era él, era él, se reflejaba arriba, en el cielo, como si un cristal cubriera el firmamento. Saltaba intentando tocarlo, tocar el cristal en que se veía, más alto, más, pero no llegaba. Buscó una escalera por todo el edificio, un vecino le prestó una. La colocó en la azotea y subió hasta el último peldaño. Alargó la mano. Con la punta de un dedo rozó el cristal. Un cristal que cubría la ciudad, y en el que se podía mirar uno durante horas. ¡Un cristal! Saltó con cuidado, pero no tocaba más. Bajó corriendo a la calle y le gritó a la gente: “¡Hay un cristal! ¡En el cielo! ¡Hay un cristal que lo cubre todo, mirad! ¡Miraos! ¡Se ve nuestro reflejo desde aquí!”. La gente lo miraba extrañada, lo esquivaban, lo rehuían. “¡Hay un cristal! ¡Hay un cristal!”. Llamó a las televisiones locales, periódicos, radios, nadie le prestaba atención. Nadie lo quería escuchar. Pronto fue un loco, un desquiciado. “Bebía mucho desde joven”, “Nunca fue de fiar”, “Un día cogió una escalera y no volvió a ser el mismo”. Y no sabía cómo había pasado, pero era el loco. Y miraba hacia arriba y preguntaba: “¿No veis el cristal? Mi reflejo, en el cristal, mi cara”. 
¿No veis el cristal? 

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