miércoles, 16 de octubre de 2013

Muerto

Ha vivido una existencia más o menos mediocre. Se compara, al final de su vida, con aquellos grandes a los que la historia presta su nombre. Barre sus ambiciones y las recolecta, piezas para siempre de un muestrario de fracasos. No es feliz. No lo era antes, lleno de energía, listo para desperdiciarla en aquello que no valía la pena, y no lo es ahora, ya fatigado, y deseando volver atrás. No es nada, el polvo que se acumula en los estantes vale más que su cabeza, vacía, frustrada, inútil. Intenta imponer orden en su casa pero ya nadie le escucha, se dice que está senil. ¡Qué disparate! Más cuerdo que nunca está. Listo para la batalla de la mente, a la cual no había prestado mucha atención hasta entonces. Ocupado con el cuerpo y su manutención, no se había preocupado de lidiar con sus miedos y esperanzas día a día. Hay mucho trabajo acumulado. Llora y llora, cuando nadie le ve, y cuando le ven grita, y pega, y patalea. Se agarra esas carnes viejas de su rostro y le ahoga la ansiedad, no le queda tiempo. Se estira del pelo, poco y mal puesto, grasiento, abandonado de los cuidados de un hombre digno. Corre hacia el respirador, inhala profundamente. El aciago olor de la mascarilla empieza a irritarle, se pregunta por qué no olerá a cualquier otra cosa que no sea a un maldito respirador. A maldito aire almacenado. Su alma hace tiempo encadenada lucha por salir, pero él está viejo, cansado, malhumorado. No quiere morir. No quiere morir por nada del mundo, desea con todas sus fuerzas volver atrás y vivir, cumplir sus sueños (todos bien recolectados y ordenados). Pero él no es nada. No puede luchar porque no puede decidir. Porque no es nada, ni existe. Ni respira.  

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