domingo, 24 de noviembre de 2013

Maya


Maya se había sentado en el centro de aquél universo hacía mucho tiempo ya. Las cosas solían revolotear a su alrededor, de vez en cuando la golpeaban sin poder evitarlo. Las luces iban y venían y las cosas flotaban. Su sitio era el centro de todo, allí había colocado un trono inmenso, mullido, desde donde lo veía y lo oía todo. Sin embargo, su dominio sobre todas las cosas la cansaba, y no siempre tenía fuerzas para atender a todo lo que pasaba en el universo. Por eso a veces los libros la golpeaban, las personas la pisaban sin querer o de repente llovía. Ella miraba hacia arriba y medio se despertaba, agotada, para dejarse mojar por el agua. Había algún momento en que deseaba que en aquél universo no hubiera cosas ni personas, ni animales ni emociones, ni vegetación ni fenómenos atmosféricos. Visualizaba un blanco infinito que lo devoraba todo y escuchaba el silencio dentro de su cabeza. Entonces ella era feliz. Pero ser la reina de su propio universo comportaba estar siempre en el centro, siempre a la expectativa, siempre inmóvil. Agitaba los brazos y se revolvía en su sillón aterciopelado, hacía crujir sus huesos para oírse. Finalmente paraba, se calmaba, se desesperaba, porque sabía que aquél era su lugar para siempre jamás. Y miraba hacia arriba y llovía otra vez.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario