martes, 17 de diciembre de 2013

El Jardín

“¡Alicia! ¡Alicia! ¡No corras! ¿A dónde vas?”

Pero ella se había adelantado hacía tiempo ya, porque en el campo infinito donde corrían había unas flores silvestres que requerían su atención. Se abrían lentamente, los pétalos le descubrían su interior, medio reían (un susurro), y se cerraban con brusquedad en cuanto oían que otro se cercaba. Tenían un sentido del humor muy curioso, pero eran buenas, dulces e indómitas. Ella se acercaba y con suavidad las acariciaba, las olía, dejaba que su fragancia la inundara un poco. Eran unas flores secretas que sólo se abrían para ella, nadie más podía entenderlas ni apreciarlas como Alicia, nadie las iba a cuidar mejor. Con la poca delicadeza del resto de humanos las flores salvajes hubieran sido pisoteadas hace tiempo, pero ella las tenía a buen recaudo, en un jardín secreto y eterno. Dejar entrar a alguien a jugar siempre era un error, lo sabía, pero estar sola siempre en compañía de sus flores a veces era complicado. Por eso, de vez en cuando, abría la verja de su jardín a alguien que mereciera su respeto, le enseñaba las fuentes y las enredaderas, su cielo azul y el rincón donde siempre llovía. Le enseñaba su trono, sus vestidos, sus libros. Sin embargo, las flores, todas únicas, se cerraban a la llegada del extraño. El sol lo iluminaba todo, y sólo se oía de vez en cuando a los pájaros discutirse (debe estar aquí, no debe estar aquí). Pero las flores cabezotas no se dejaban engañar, sabían mejor que nadie que el extraño no debía estar ahí. Ese era un jardín privado. Sólo para Alicia y las flores. 




Ilustración del Princess Mary's Gift Book

"You shall hear a sound like thunder,
And a veil shall be withdrawn,
When her eyes grow wide with wonder,
On that hill-top, in that dawn".


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