domingo, 17 de abril de 2016

Paso once.

(...)

María caminó decidida hacia adelante al son de la música. A medida que se acercaba, más relajada se sentía. Se atrevió incluso a mirar a Sergio. Levantó la cabeza y dirigió la mirada al altar. Lo que allí vio la dejó paralizada.

¡Sergio ya no era Sergio! En su lugar había una especie de sapo monstruoso lleno de verrugas eruptantes, con ojos rojos como el fuego y una boca tan grande como un estadio de futbol. Sergio había mutado en aquello. 

La música nupcial se había transformado en una distorsión ruidosa con notas agudas y estridentes que perforaban sus oídos.

¡El cura ya no era el cura! En su lugar había una especie de masa amorfa de color negro que supuraba y despedía un olor terrible. Era como una acumulación de residuos de diversas clases en pleno proceso de descomposición.

Sus familiares, los invitados, nadie era quien había sido al entrar. En la iglesia, las personas habían sufrido una irreversible transformación hacia lo execrable. María temió por ella misma y corrió hacia la pila bautismal, ¡allí vería si ella también había sufrido la transformación! Corrió hacia allí rápido, ignorando todos los seres que la miraban extrañados e intentaban retenerla entre gritos imposibles de entender. Corrió y corrió, pero antes de llegar a la pila, justo en el momento en que casi sentía que ya podía ver su reflejo en el agua, justo cuando su mano se adelantaba para agarrarse a la fuente, justo entonces… María se evaporó, dejando tras ella únicamente un ligero y fétido vapor verde.  

En unos instantes, ni siquiera el vapor seguía allí. La escena se disolvió en una extraña mezcla de olores y texturas y la iglesia quedó vacía, como si nadie hubiera estado allí jamás.